El apego: del vínculo materno-filial al amor romántico (Parte I)

Siempre me he sentido muy atraída por la teoría del apego de John Bowlby. Por algún motivo, las palabras que me llevaron a descubrirlo resonaron a verdad en mí y me permitieron avanzar unos pasos hacia la comprensión del ser humano y la construcción de los vínculos con otras personas. Y bien, ¿en qué consiste esta teoría?

La teoría del apego se asienta, en primer lugar, en el fundamento de que los seres humanos tenemos una necesidad innata de establecer un vínculo con otro ser humano, en este caso, lo que llamaremos nuestra figura de apego. Generalmente, esta figura es representada por la madre, el padre, el abuelo o la persona más cercana al niño durante los primeros años de vida. Esta necesidad tiene una función muy clara: la supervivencia del bebé. Fueron dos las cuestiones que durante el proceso de la evolución humana desembocaron en la profunda inmadurez y vulnerabilidad del ser humano al nacer:

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Por una parte, la bipedestación, es decir, el paso de caminar a cuatro patas a hacerlo únicamente con dos, que significó el inevitable estrechamiento de la cadera y, por otra, la telencefalización, o desarrollo morfológico y funcional del cerebro. La conjunción de ambos procesos, vino a dar como resultado un bebé humano con un cráneo flexible en el momento del parto que le permitiría acceder a través de los huesos de la cadera y un cerebro aún inmaduro que se iría terminando de formar una vez el niño creciera fuera del útero. En definitiva, un ser muy delicado y dependiente.

El psicólogo americano Harry Harlow, realizó a mediados del siglo pasado unos sorprendentes experimentos con monos que demostraban la preferencia de las crías hacia una mamá de felpa en detrimento de una madre que portaba un biberón, pero estaba construida con una fría estructura de alambre. Estos resultados no hacían sino confirmar la gran importancia que tiene el establecimiento del vínculo temprano más allá de la mera nutrición o regulación de la temperatura. A continuación, el video donde se observa el experimento:

https://www.youtube.com/watch?v=7eO_23yq3pI

A parte de las investigaciones sobre este fenómeno con animales, tristemente contamos también con la evidencia de niños que murieron a causa de una fuerte carencia afectiva. Ejemplo de ello son los casos que documentó René Spitz en la década del 1940, cuando alrededor de un 37% de los bebés internados en orfanatos que no tenían contacto físico y afectivo con sus cuidadores acababan falleciendo. Y, desde luego, los que no lo hacían, presentaban (y presentan) serios problemas en su desarrollo posterior.

Pues bien, las investigaciones en torno a la teoría del apego de Bowlby le llevaron a definir una clasificación de tres tipos de apego:

Apego seguro

Los niños que establecen un apego seguro con su figura de cuidado, se caracterizan por ser capaces de explorar el ambiente, muestran seguridad y confianza en el entorno y en los demás sabiendo que si algo malo pasa su madre/padre/persona de referencia estará ahí para cuidarles, calmar su ansiedad y reparar el daño. Asimismo, ante un acontecimiento inesperado o negativo, los niños vuelven a la calma con relativa rapidez tras el apoyo de esta figura. Esto se produce gracias a que la figura de cuidado se muestra disponible para el bebé, está atenta a sus necesidades, les da una respuesta suficientemente congruente la mayoría de las veces y cumple su función afectiva como puerto de refugio.

En definitiva, elbaby-feet-1527456_1920 apego seguro significa la construcción de la confianza: confianza en los demás, en el mundo que les rodea y en su propia capacidad de recomponerse tras un mal trago. Este rasgo va a ser fundamental tanto en la infancia como en la edad adulta de la persona y tendrá un gran impacto en la forma en la que la persona se perciba a sí misma, a los demás y al mundo que le rodea. “Todo va a ir bien” podría ser la idea que acompaña a estas personas.

 

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Estos niños aprenden desde muy pequeños que su figura de cuidado no está disponible para ellos. Ante conductas de búsqueda de contacto como pueden ser el llanto o diversas expresiones emocionales, el/la cuidador/a suele dar muestras de rechazo o angustia, o simplemente falta de atención e indiferencia. Un caso bastante habitual suele darse con mamás/papás/abuelos/etc. que sufren de depresión y que no tienen suficiente “hueco emocional” para acoger al niño debido a su malestar personal.

Ante este panorama, el niño sale adelante alejándose de sus propias necesidades y evitando expresar lo que siente. Al fin y al cabo, ha visto que la estrategia de expresarlos tiene una respuesta negativa que desemboca en sentimientos de rechazo y abandono. Estas personas serán percibidas por los demás como autónomas, independientes, con un aire de fortaleza y autosuficiencia que en realidad esconde una profunda herida provocada por ese miedo al rechazo y abandono ya mencionado. La creencia de base será “si no necesito a nadie, nadie podrá abandonarme”.

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Por último, tenemos a los niños cuyas figuras de apego muestran una disponibilidad intermitente: a veces responden a sus necesidades, y otras veces no. La incoherencia en las respuestas produce una fuerte ansiedad en el bebé que, para mantener la proximidad de la madre, intensifica su llanto, sus gritos y sus expresiones. Mientras que los bebés con apego seguro se caracterizaban por su confianza y su exploración del ambiente, estos bebés muestran una clara sospecha y desconfianza hacia la madre y se alejan lo menos posible de ella ante el miedo de perderla.

Es por ello que, tras un susto o mala experiencia, estos niños muestran respuestas ambivalentes hacia la figura de cuidado: por un lado, dan muestras de afecto muy extremas (abrazos, besos, etc.) y, al mismo tiempo, expresan sentimientos de enfado y rabia hacia la misma (patadas, gritos, llantos, etc.). De igual forma, les costará mucho más recobrar la calma y gestionar su elevado nivel de ansiedad. La creencia de base que se forma en estas personas vendría a ser algo así como “tengo que controlarte para que no te vayas. Si no lo hago, te marcharás”.

Quizá ahora os estén surgiendo preguntas como…

… ¿Qué impacto tiene esto en la edad adulta?

… ¿Se puede cambiar el estilo de apego a lo largo de la vida?

… ¿Qué características presentan las relaciones entre personas con diferentes tipos de apego?

En el próximo artículo, daré respuesta a esta y otras preguntas, centrándome en la edad adulta y, más específicamente, en las relaciones de pareja.

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Showing 2 comments
  • Rebecca
    Responder

    Me ha encantado. Gracias por compartir!

    • Itziar
      Responder

      Gracias a ti Rebecca!

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