Ser autónomo o del arte de confiar en la vida

Lo voy a dejar claro antes de nada: mi intención con este texto es reivindicar uno de los grandes regalos que conlleva ser autónomo. Sí, sí, regalo. No riesgo ni perjuicio ni desventaja, regalo. Y no, no me refiero a ser autónomo en plan poder valerse por uno mismo o tener libre capacidad de acción y decisión, me estoy refiriendo al autónomo que trabaja por cuenta propia.

Para ello, voy a obviar toda la espeluznante parte que ya conocemos relativa a cuotas, ausencia de pagas o vacaciones, etc. y voy a poner el acento en una clave que a menudo pasa desapercibida. De lo que quiero hablar es de una de las mayores lecciones que esta condición laboral está dándome y que yo, como obcecada aunque crítica alumna, me empeño en aprender día a día.

Esta lección no es otra que el arte de confiar en la vida y que, como todas las grandes lecciones, no se da sin un buen puñado de incertidumbre, tres cucharadas de resistencia y una pizca de “dejarse llevar y que sea lo que dios quiera”.

Quien es o ha sido autónomo sabe, y quien no se imagina, que uno de los principales abismos a los que hay que enfrentarse es la incertidumbre de no saber si se tendrá trabajo, y por tanto dinero, el próximo mes. Es aquello a lo que algunos llaman falta de estabilidad, riesgo o, si nos ponemos técnicos y vanguardistas, meterte de lleno en el entorno VUCA derrapando y sin frenos.

De repente es como si colocaran un imán gigante frente a tu mente incitándola a pensar en el futuro constantemente, con la ansiedad y falta de enraizamiento que ello conlleva. Aunque nunca te gustaran las matemáticas, comienzas a hacer números compulsivamente buscando una seguridad que nunca llega y te planteas cómo vas a poder aguantar así toda tu vida (¡! Drama modo ON).

Esto puede acercarte a una cornisa peligrosa: desde esta cornisa comienzas a observar qué están haciendo los demás para ver si así te inspiras pero, casi con toda probabilidad, acabas más desesperado/a, comparándote con todo el mundo y con una sensación en la tripa que te dice que no lo estás haciendo bien. Y con esa sensación vas y te pones a explorar proyectos, oportunidades o sinergias que te liberen de tu malestar, llenen ese incómodo lienzo en blanco del futuro de colores y aventuras apetecibles y, en definitiva, te aporten esa seguridad y tranquilidad que añoras.

Si algo he aprendido en los últimos años es que esas sensaciones en la tripa son fieles consejeras y que cuando te lanzas desde la búsqueda de seguridad a cualquier precio puedes terminar dañándote a ti misma y, en ocasiones, afectando a otras personas por el camino. Pierdes claridad sobre tu propósito, tu dirección y tus capacidades y puedes embarcarte en expediciones hacia destinos que no deseas perseguir y sin la equipación adecuada.

Afortunadamente, la vida es generosa en segundas y terceras oportunidades y cuando comprendes, puedes continuar y retomar el rumbo, con cicatrices pero también con aprendizajes que se materializan en valiosos recursos personales.

Y desde ahí agarras tu propósito con fuerza y simultáneamente comienzas a soltar los “cómos”. Es como aquel marinero que navega suavemente y ha aprendido que asomarse demasiado a vigilar los peligros del mar desestabiliza su barca, mientras que volver al centro le da el equilibrio para avanzar y mantener la perspectiva y la atención flotante (nunca mejor dicho).

Es entonces cuando le das a la vida la oportunidad de sorprenderte, cuando sostienes el espacio vacío y confías, previo pacto de tomar con agradecimiento y responsabilidad aquello que se te brinde. No significa que todo lo que venga sea bueno o sirva a tu propósito, pero el lugar desde el que te sitúas te aporta mayor claridad para decidir y, sobre todo, dejas de huir constantemente al futuro buscando tranquilidad porque ya la tienes en el aquí y el ahora. Y es el aquí y el ahora el lugar propicio para trabajar unos pensamientos, actitudes y hábitos que te hacen estar preparado/a para todo aquello que esté por venir.

Quizá no haya sido únicamente el trabajar por cuenta propia lo que me haya llevado a estas reflexiones, pero sin duda me ha colocado en posiciones a través de las cuales he podido llegar ahí. Por todo ello agradezco el poder dedicarme a lo que me dedico de la manera en que lo hago, y animo a otras personas a que descubran que no hay luz sin sombras y viceversa… ¡que incluso ser autónomo tiene sus luces!

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