La ley del menor esfuerzo

Hace tiempo que vengo pensando en escribir sobre este tema… Concretamente, desde el día en que mi profesora de Yoga nos hizo notar que la fuerza y el esfuerzo no eran la misma cosa. Por algún motivo, esta diferenciación me pareció muy significativa y me hizo pensar: ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Me atrae y me asusta el yoga a partes iguales y esto, en realidad, tiene mucho sentido. ¿Por qué? Porque en cada sesión de yoga me encuentro con mi actitud ante la vida y esto es como mirar al sol de frente: ilumina, pero duele. Además, si estás dispuesto a aprender, a mirar, a ser humilde y observar a pesar de lo que puedas encontrarte, el cuerpo y la manera en la que te relacionas con él te dará claves inequívocas sobre lo que te está pasando, lo que te hace sufrir, eso a lo que te aferras o aquello de lo que huyes.

Una de las lecciones que estoy aprendiendo y hoy quiero compartir con vosotros/as, es la que tiene que ver con esta distinción entre la fuerza y el esfuerzo. Para ello, trataré de relatar con toda la claridad que me sea posible la experiencia física y psicológica que me facilitó alcanzar el insight:

Yo estaba preparándome para realizar una asana (posición de Yoga) con todo el control y precisión que me era posible: pies colocados en la posición indicada, piernas extendidas, lateralización de columna, línea recta formada a través de los brazos, mirada al techo y pecho abierto. Quizá desde fuera la imagen resultara agradable, elegante, profesional, serena… pero la sensación interna era de absoluta tensión, descontrol en la respiración, temblor muscular, desequilibrio… en definitiva, de quebrarme en cualquier momento.

En ese momento resuena la frase de Isabel en mi cabeza: “no es lo mismo la fuerza que el esfuerzo”. Llevo entonces la atención a mi cuerpo y, ¿qué me encuentro? Languidez en todos las partes de mi cuerpo y exigencia en todos los rincones de mi mente: ninguno de mis músculos estaba activado y, en cambio, todos mis pensamientos iban orientados hacia la exigencia, “tienes que llegar”, “debes aguantar”, “mantén la posición”. En ese instante me di cuenta de que no sólo estaba totalmente instalada en la actitud del esfuerzo, sino que además lo hacía sin un mínimo contacto con mi propia fuerza, lo cual incrementaba la necesidad de esforzarme y la sensación de frustración e inadecuación.

La cuarta ley de la filosofía del yoga nos habla precisamente de nuestra relación con el esfuerzo. Si miramos a la naturaleza, veremos que las cosas ocurren sin un aparente esfuerzo: los árboles recuperan su follaje en primavera sin esfuerzo, de la misma manera que ofrecen sus frutos, las mareas suben y bajan de forma natural y los pájaros cantan y vuelan sin un esfuerzo consciente por que esto sea así. En cambio, nuestras vidas parecen estar propulsadas por el esfuerzo: dedica unos segundos a pensar en todas las cosas a lo largo de tu vida por las que te has esforzado. No me lo digas, ¿a que ha venido a tu mente la frase “pero ha merecido la pena…”?

Sí, yo también lo he pensado muchas veces y he sido una convencida “esforzada” de la vida hasta que entró en la ecuación este elemento de la fuerza. Para mí, la fuerza parte de un lugar interior conectado con la esencia y con la consciencia. Con la esencia, porque al nacer de nosotros mismos está intrínsecamente relacionada con quienes somos en realidad. Con la consciencia, porque como yo aquel día que trataba de hacer la asana perfecta, necesitaba contactar primero conmigo, mi cuerpo y mis sensaciones para dirigir la fuerza con intención.

Esta última idea sobre la conexión de la fuerza con la esencia y la consciencia puede parecer muy abstracta y difícil de aprehender, pero sin embargo tiene implicaciones muy concretas: todo lo que hagamos desde y a través de la fuerza se sentirá como un fluir con la corriente. Es ese trabajo o actividad que realizamos con placer y en la que ponemos lo que somos. Puede requerir dedicación, constancia y paciencia, pero irá acompañada de una sensación de coherencia y respeto hacia nosotros mismos. En cambio, esa sensación de odio, frustración o lucha que todos hemos vivido, de nadar a contracorriente, nacerá casi con toda probabilidad del esfuerzo, bien porque no estamos tomando consciencia de nuestra fuerza, o bien porque eso que estamos tratando de conseguir no está relacionado con nuestra esencia.

Revisa ahora de nuevo si esas experiencias que han merecido la pena en tu vida han sido dirigidas por tu fuerza o por tu esfuerzo. Quizá haya cosas en la actualidad con las que estés luchando y no acaben de salir: ¿no tienen nada que ver con tu esencia? Trata de soltar. ¿No estás conectado con tu fuerza? Realiza ese paso previo y fluye desde ahí.

Hemos de tener cuidado con esta, nuestra cultura del esfuerzo. Nos han enseñado que esa sensación de ir a contracorriente es lo normal y, sobre todo, no nos han enseñado a mirar primero dentro, ver quiénes somos, y desde ahí trazar un rumbo. O al menos, explorar teniendo en cuenta que las sensaciones de lucha y frustración constante son señales de que algo no va bien y que deberíamos virar el barco hacia otras aguas más favorables.

Con el viento a favor, siempre se navega mejor y se disfruta más del viaje.

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